Prácticas de organización y descripción en acervos fotográficos

GABRIELA GONZÁLEZ REYES

Escribo estas reflexiones desde mi propia experiencia en la gestión de acervos fotográficos, iniciada en 1994 en el Centro de la Imagen. Desde entonces he trabajado en la consolidación de colecciones, procesos de organización documental, descripción, estructuración de fondos y definición de criterios técnicos para el registro y acceso a fotografía. Lo que aquí expongo no pretende ser una formulación abstracta ni exhaustiva, sino el resultado de prácticas concretas, decisiones metodológicas y aprendizajes acumulados en el trabajo directo con archivos.

A lo largo de ese recorrido, una constante ha sido enfrentar la tensión entre la necesidad de estructurar la información y la complejidad inherente al documento fotográfico. Clasificar implica delimitar, separar y establecer relaciones. Sin embargo, cuando trabajamos con fondos institucionales, archivos públicos, colecciones patrimoniales, acervos privados o conjuntos documentales que incluyen fotografía, advertimos que la realidad documental no siempre se ajusta a categorías rígidas y claramente definidas. Las fronteras entre categorías se vuelven imprecisas: una fotografía puede ser simultáneamente objeto material, imagen visual, documento probatorio, evidencia histórica, pieza de comunicación institucional u obra autoral —o varias de estas dimensiones a la vez—. ¿En qué categoría debería inscribirse? La dificultad no radica en un defecto metodológico, sino en la condición intrínsecamente compleja del documento y de su contexto. Las categorías no son naturales; son construcciones culturales y técnicas. Como señaló Pierre Bourdieu, los sistemas de clasificación forman parte de las estructuras simbólicas que organizan la percepción social del mundo; clasificar es ejercer una forma de poder simbólico que define qué es visible y cómo se ordena.¹ En un sentido complementario, Geoffrey C. Bowker y Susan Leigh Star sostienen que toda infraestructura clasificatoria materializa decisiones históricas y políticas: los sistemas de clasificación no solo describen la realidad, sino que la producen y estabilizan, dejando inevitablemente zonas de exclusión.²

Gabriela González Reyes. Imagen de portada. Cortesía de la autora.

En el ámbito archivístico, esta tensión se vuelve especialmente evidente cuando la fotografía forma parte de fondos complejos, porque no se trata únicamente de un documento funcional inserto en una estructura administrativa, sino de una imagen que plantea una pregunta fundamental: ¿representa un hecho o construye una mirada sobre él? La fotografía es, al mismo tiempo, huella material de un acontecimiento y construcción simbólica. Esta doble condición complica su clasificación y su descripción. En México contamos con instrumentos normativos específicos para atender esta complejidad. En 2014 dio inicio el Seminario Imagen y Documentación en el Centro de la Imagen, gracias al auspicio de su entonces director, Alejandro Castellanos. Coordinado por Fernando Osorio, este espacio reunió a especialistas con el propósito de impulsar la construcción de una norma para la catalogación de fotografía. A partir de ese trabajo se conformó el Subcomité de Catalogación de Documentos Fotográficos del COTENNDOC (Comité Técnico de Normalización Nacional de Documentación), con el fin de establecer lineamientos consensuados para una actividad central en la gestión del patrimonio fotográfico en el país.

En este esfuerzo participaron las siguientes instituciones: La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (Fototeca Nacho López), el Comité Técnico de Normalización Nacional de Documentación, el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla (Fototeca Juan Crisóstomo Méndez), el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Centro de la Imagen, Cineteca Nacional —Departamento de Acervo Videográfico e Iconográfico y Departamento de Preservación de Acervos—), el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León (Fototeca Nuevo León), la Fundación María y Héctor García, A.C., la Fundación Pedro Meyer, la Fundación Televisa, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (Dirección de Estudios Históricos, Sistema Nacional de Fototecas —Fototeca Nacional— y Museo Nacional de Historia), el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Conservatorio Nacional de Música), el Instituto Mexicano de Cinematografía (Acervos cinematográficos y Acervos y circuitos culturales), la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México (Museo Archivo de la Fotografía), la Secretaría de Gobernación (Archivo General de la Nación), la Universidad Autónoma de Yucatán (Facultad de Antropología —Fototeca Pedro Guerra—) y la Universidad Nacional Autónoma de México (Biblioteca Nacional, Escuela Nacional de Música, Instituto de Investigaciones Estéticas —Archivo Fotográfico Manuel Toussaint— e Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación —Archivo Histórico—).

Ana Casas Broda. Registro de la exposición Develar y Detonar. Fotografía en México, ca. 2015, CentroCentro (Palacio de Cibeles), PhotoEspaña, 2015. Cortesía de Hydra + Fotografía SC.

Dos años después, en 2016, se publicó en el Diario Oficial de la Federación la Norma Mexicana NMX-R-069-SCFI-2016, Documentos fotográficos — Lineamientos para su catalogación. Esta norma constituye una herramienta fundamental para los procesos de registro, al ofrecer criterios uniformes y consensuados que permiten describir el documento fotográfico a nivel de unidad documental simple (ítem por ítem), incorporando metadatos técnicos, de contenido y de gestión acordes con la especificidad de este tipo documental.

Más allá de su dimensión técnica, este proceso normativo marcó un parteaguas en la profesionalización de la catalogación fotográfica en México. Por primera vez, instituciones públicas, académicas y culturales articularon un consenso nacional en torno a criterios comunes de descripción, reconociendo que la gestión del patrimonio fotográfico no es una práctica aislada, sino una responsabilidad colectiva. La norma no solo unificó criterios: consolidó una comunidad profesional y estableció una base común para el diálogo interinstitucional, el intercambio de información y la construcción de sistemas interoperables a futuro.

Este avance se apoya en un largo proceso histórico de construcción de normas y prácticas en el país. Desde 1993 existe el Sistema Nacional de Fototecas (SINAFO), adscrito al INAH, encargado de coordinar y normar tareas de conservación, catalogación, digitalización y reproducción en las fototecas bajo su resguardo. En materia de catalogación, la Fototeca Nacional —a través de su área especializada— desarrolló las Normas catalográficas del SINAFO, publicadas en 2000 y posteriormente revisadas, tomando como base experiencias concretas de trabajo con acervos como la colección Casasola y la revisión de estándares nacionales e internacionales.

La existencia de estos instrumentos, y su actualización periódica, muestra que la catalogación de fotografía en México no es el resultado de una iniciativa aislada, sino de un proceso acumulativo sostenido en el tiempo. Aunque las normas se formalizan dentro de marcos institucionales, su riqueza proviene del conocimiento de las personas que participaron en su elaboración: especialistas que aportaron su experiencia técnica, su reflexión metodológica y su tiempo para convertir prácticas diversas en criterios compartidos. El valor de estas normas radica, precisamente, en su construcción colectiva.

Del documento individual al sistema de relaciones: niveles y principios de descripción

Los archivos no son acumulaciones de piezas aisladas. La estructura archivística es jerárquica: fondo, sección, serie, subserie, expediente, unidad documental compuesta (UDC) y unidad documental simple (UDS). Esta organización responde a la necesidad de preservar no solo los documentos individuales, sino también las relaciones que les dan sentido dentro de un conjunto. La unidad documental simple (UDS) es el documento individual considerado como una pieza autónoma: por ejemplo, una fotografía específica, un fotograma individual dentro de un rollo de negativo, una impresión, una diapositiva o un archivo digital independiente que puede describirse por sí mismo. Es el nivel en el que se realiza la catalogación ítem por ítem. La unidad documental compuesta (UDC), en cambio, es un conjunto de documentos que forman una unidad porque comparten una misma función, contexto o proceso de producción. Puede tratarse de un expediente, una carpeta, un álbum fotográfico, un rollo completo de negativos o una secuencia digital que adquiere sentido en conjunto. En este nivel, la descripción no se centra en cada pieza aislada, sino en el conjunto y en las relaciones internas entre los documentos.

Comprender esta diferencia es fundamental, especialmente en archivos fotográficos, donde el contexto de producción —un encargo institucional, una cobertura periodística, un proceso técnico o una secuencia narrativa— puede ser tan significativo como cada imagen individual. Para abordar esta dimensión contextual resulta fundamental recurrir a estándares de descripción multinivel como ISAD(G), que permiten describir no solo los documentos individuales, sino también la historia archivística, el volumen total del acervo, las condiciones de acceso, el contexto de producción y las normas aplicadas. La descripción multinivel evita aislar las piezas de su entramado orgánico y permite comprender el archivo como un sistema de relaciones, no como una mera acumulación de objetos.

Memorándum No. 238 del 20 de abril de 1978 de asignación a Héctor García a la región Tepehuana para documentar investigación de Fernando Benítez. Cortesía de la Fundación María y Héctor García A.C.

Junto con la descripción multinivel propuesta por ISAD(G), otros modelos han contribuido a enriquecer la comprensión de las relaciones documentales. Entre ellos, Resource Description and Access (RDA) introduce una lógica basada en entidades y relaciones, distinguiendo entre obra, expresión, manifestación e ítem. Esta diferenciación permite separar conceptualmente el contenido intelectual o artístico de su materialización física, algo particularmente útil en fotografía, donde una misma imagen puede existir en distintos soportes, copias o versiones digitales. RDA no sustituye la descripción archivística, pero ofrece un modelo relacional que ayuda a comprender cómo se vinculan autores, contenidos y objetos materiales dentro de un sistema de información.

Estas relaciones no pueden construirse al margen de los principios archivísticos. Toda descripción debe inscribirse dentro del principio de procedencia, uno de los fundamentos de la archivística. Este principio establece que los documentos deben conservarse y describirse de acuerdo con su origen —es decir, vinculados al productor que los generó— y no reorganizarse según criterios temáticos o estéticos ajenos a su contexto de creación. Asociado a este principio se encuentra el respeto al orden original, que busca preservar la estructura interna que el productor dio al conjunto documental. Ambos principios garantizan que el archivo conserve su valor como evidencia de una actividad, función o proceso histórico. En este sentido, las normas no son excluyentes; operan en niveles distintos y pueden emplearse de manera complementaria. ISAD(G) estructura y contextualiza el fondo; la Norma Mexicana NMX-R-069-SCFI-2016 permite la descripción detallada de los documentos fotográficos a nivel de unidad documental simple; y RDA aporta un marco conceptual para comprender las relaciones entre contenido, autoría y soporte. [Ver Figura 1. Comparativo entre ISAD(G), NMX-R-069-SCFI-2016 y RDA].