Enseñar a conservar fotografías en Cuba: redes, recursos e ingenio en la formación de conservadores

TAMARA GISPERT GALINDO

Enseñar la conservación de fotografías en Cuba es, ante todo, un ejercicio de convicción. Convicción de que el patrimonio fotográfico importa, de que vale la pena formarse para cuidarlo, y de que las limitaciones materiales no tienen por qué traducirse en limitaciones del conocimiento. También es, y quizás en igual medida, un ejercicio colectivo. Lo que pude hacer en el aula no habría sido posible sin una red de instituciones, especialistas y colecciones que sostuvieron la enseñanza desde distintos lugares.

Dos instituciones, dos perfiles, una misma preocupación

Durante varios años —desde 2017 hasta 2025— me desempeñé como docente en dos instituciones con perfiles curriculares muy distintos pero con una preocupación compartida: el cuidado de la memoria visual. La carrera de Conservación del Patrimonio Cultural y la carrera de Gestión del Patrimonio Cultural. Dos públicos distintos, dos formas de aproximarse a la fotografía, pero una misma necesidad: aprender a reconocer los materiales, a diagnosticarlos y a tomar decisiones fundamentadas sobre su uso y  preservación.

La carrera de Gestión del Patrimonio Cultural se imparte en el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, Facultad de la Universidad de La Habana. En esta carrera, la fotografía forma parte de las asignaturas de Comunicación Social y Comunicación en Instituciones Culturales, que impartí desde 2022 hasta 2025.

Calle Obispo, La Habana, años 1910. Foto: Máximo Nedashkovskiy. Fuente: Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 3.0.

El Colegio San Gerónimo es un edificio con valor patrimonial ubicado en el centro del casco histórico de La Habana. En tercer año de la carrera, el primer semestre está dedicado a Comunicación Social, que sienta las bases para el segundo semestre, en el que se imparte Comunicación en Instituciones Culturales. Estas asignaturas incluyen el concepto de fotografía como documento histórico y como herramienta para comunicar y conservar el patrimonio. Además de impartirlas, colaboré en la asignatura de conservación que se imparte en segundo semestre de tercer año de la misma carrera, en calidad de asesora o tutora de tesis y como parte de tribunales docentes. El programa de estudio está orientado a formar gestores, profesionales que administran, planifican y comunican el uso del patrimonio desde una perspectiva teórica, histórica y administrativa.

La Licenciatura en Artes de la Conservación y la Restauración en el ISA (Universidad de las Artes de Cuba) tiene una duración de cuatro años en el Curso Diurno y de cinco años y medio en el Curso por Encuentro. La asignatura de Conservación de Fotografías forma parte de la formación técnica y científica del plan de estudios y se imparte generalmente como una asignatura semestral de aproximadamente dieciséis semanas dentro del ciclo de especialización técnica. 

El programa profundiza en el diagnóstico de materiales fotosensibles y sus deterioros específicos bajo un enfoque interdisciplinario. La carrera se distingue por un modelo de enseñanza personalizada con grupos reducidos para garantizar el aprendizaje práctico en talleres. Para el curso académico 2024-2025, la Facultad de Artes de la Conservación del Patrimonio Cultural ofertó un total de treinta y cinco plazas en su sede central: veinte para el Curso Diurno —divididas entre los perfiles de Conservación/Restauración y Museología— y quince para el Curso por Encuentro.

El edificio del antiguo Colegio San Gerónimo con valor patrimonial, sede de la carrera de Gestión del Patrimonio Cultural. Foto: Antonio Hernandez Mena.

El claustro está compuesto por especialistas de alto nivel integrados a la plantilla de la Facultad, apoyados por expertos del Ministerio de Cultura y de la red de museos nacionales. El perfil de Obra Gráfica y Textiles es el que profundiza específicamente en el diagnóstico e intervención de material fotográfico junto con documentos y grabados. La carrera comenzó en 2016 y los restauradores que hoy trabajan en museos y centros culturales son graduados de ella. Cuando los estudiantes del ISA llegan al taller de fotografía en tercer año de la carrera, disponen de conocimientos en ciencias de los materiales y en conservación de soportes como madera, cristal, papel y textiles. 

Esa base no es accesoria: todos esos materiales componen los fondos fotográficos reales —los marcos, los álbumes, los estuches, los soportes secundarios— y entender su comportamiento es indispensable para tomar decisiones de conservación integrales. Esa formación previa la adquieren gracias a la participación activa de especialistas provenientes de instituciones clave del ecosistema patrimonial cubano. 

Cuando llegué al ISA no existía un perfil de fotografía independiente: la materia se impartía como parte de la asignatura de papel, en dos o tres conferencias de manera muy básica y general. Tuve la responsabilidad de crear el programa de la asignatura y convertirlo en un taller independiente que cubría el tercer año de la carrera, y que se imparte hasta hoy.

Mis primeros pasos los hice a través de cursos que gestioné mediante intercambios y colaboraciones: con el Instituto de Historia de Cuba y el especialista Luis Montes de Oca, entrenamientos personalizados, asesorías y proyectos de colaboración, entre los que se cuentan el Curso de Postgrado "El papel como soporte documental" (2024), el Taller Internacional de Conservación de Fotografías (Museo de Bellas Artes, 2017, organizado por el George Eastman Museum de Rochester, Nueva York) y el Curso ACERCA de la Cooperación Española en Gestión de Fotografía Patrimonial (2017). A partir de esos puntos de partida, un trabajo sostenido de aprendizaje independiente e intercambio con especialistas y colegas ha marcado mi experiencia.

Estudiantes de la Licenciatura en Artes de la Conservación y la Restauración del Patrimonio Cultural del Instituto Superior de Arte (ISA), en el taller de fotografía. Foto: Tamara Gispert Galindo.

Una red de instituciones que sostiene la enseñanza

La formación que reciben los estudiantes no ocurre solo dentro del aula. Se construye en diálogo permanente con una red de instituciones cuyos especialistas aportan tanto a las asignaturas teóricas como a las prácticas de campo. La Red de Museos de la Ciudad de La Habana —con el Museo de la Música y el Museo de Artes Decorativas como referentes destacados—, el Museo de Ciencias de la Universidad de La Habana, el Archivo Nacional de Cuba, el Instituto de Historia de Cuba y la Dirección de Gestión Documental y Archivos del CITMA son espacios fundamentales en esa trama.

Los especialistas de estos centros no solo participan como docentes invitados: también abren sus colecciones, comparten sus metodologías de trabajo, muestran cómo resuelven los problemas cotidianos de la conservación en el contexto específico cubano. Ver trabajar a un conservador en su entorno real, escuchar cómo toma decisiones con los recursos disponibles, observar las condiciones de almacenamiento y proponer mejoras concretas, eso es, para los estudiantes, una formación que ningún manual puede sustituir.

Debo reconocer también el lugar que tuvo en mi propia formación el CENCREM —Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología—, fundado en 1982 y establecido en el antiguo Convento de Santa Clara de Asís en La Habana. Adscrito desde 1985 al Consejo Nacional de Patrimonio Cultural de Cuba, fue durante décadas la institución rectora del desarrollo científico-técnico y docente-metodológico de la conservación del patrimonio cultural mueble e inmueble en el país. 

Disponía de laboratorios y talleres equipados para la restauración de objetos de arte, proyectos de rehabilitación arquitectónica y urbanística, investigación y formación especializada. Allí di mis primeros pasos en la docencia, hasta su desintegración en 2012 —cuando sus funciones fueron absorbidas por el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural y la carrera pasó al ISA, hasta el día de hoy.

El edificio del antiguo convento se encuentra actualmente en proceso de restauración: se construye allí un centro de formación en las artes y oficios vinculados a la restauración y la conservación patrimonial, perteneciente a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Junto al Archivo Nacional de Cuba y al Instituto de Historia de Cuba —donde históricamente se impartió la carrera de conservación y donde también me formé— esas instituciones fueron la base sobre la que construí mi propia mirada como docente y profesional.

Fachada y plaza del Antiguo Convento de Santa Clara de Asís, La Habana, antigua sede del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM 1982 - 2012). Fotos: Tony Fernandez Mena.

Trabajar con lo que está cerca

Una de las decisiones pedagógicas que más valoré fue trabajar con colecciones reales desde el primer momento. No con reproducciones, ni con imágenes de manual, sino con los propios fondos fotográficos familiares de los estudiantes. El eje central de este trabajo es la conservación preventiva: antes de pensar en intervenir, hay que entender las condiciones que aceleran el deterioro y actuar sobre ellas.

Aprender a evaluar el entorno de almacenamiento, las condiciones de temperatura y humedad, la manipulación, el embalaje, la documentación. Esa perspectiva, que privilegia la estabilización y la prevención por encima de la intervención directa, resulta especialmente pertinente en el contexto cubano, donde los recursos para la restauración son escasos y donde una buena práctica preventiva puede marcar la diferencia entre una colección que sobrevive y una que se pierde.

Los alumnos llegan al aula con álbumes, cajas y sobres rescatados de sus casas, de las casas de sus abuelas, de cajones que nadie había abierto en décadas. La fotografía deja de ser un objeto abstracto de estudio para convertirse en algo con historia propia, con afecto, con urgencia.

Trabajar con esos materiales también significa enfrentarse a la diversidad real de procesos fotográficos presentes en Cuba: daguerrotipos, ferrotipos, albúminas, plata gelatina, impresiones a color y diapositivas. Todo eso convive en las colecciones familiares, y los estudiantes aprenden a identificarlo, a entender sus mecanismos de deterioro y a proponer condiciones adecuadas de almacenamiento y manipulación.

Para la identificación de procesos nos apoyamos en herramientas probadas: las cartas de identificación de procesos fotográficos de Gawain Weaver, y bibliografía de referencia como A Conservação de Fotografias de Luís Pavão y los aportes de Rosina Herrera Garrido en materia de conservación y restauración, entre otros. Recursos rigurosos, disponibles en inglés, español o portugués, que permiten anclar la práctica en un marco teórico sólido.

Estudiante del Instituto Superior de Arte (ISA) identifica procesos fotográficos utilizando las cartas de identificación de Gawain Weaver durante el taller de Conservación de Fondos Fotográficos. Foto: Tamara Gispert Galindo.

El ingenio como metodología

Cuba enfrenta restricciones materiales y económicas reales que impactan directamente en la enseñanza de la conservación. Los insumos especializados —materiales de almacenamiento libre de ácido, instrumentos de medición ambiental, productos de limpieza— son difíciles de conseguir y muchas veces llegan a través de donaciones. Eso obliga a desarrollar una pedagogía de la creatividad y la adaptación: ¿qué tenemos disponible?, ¿qué podemos sustituir?, ¿cómo resolvemos con lo que hay sin comprometer los principios éticos de la conservación?

Esa pregunta es, en muchos sentidos, la más formativa de todas. Los estudiantes aprenden no solo protocolos ideales sino también a razonar dentro de contextos reales e imperfectos. Varias de las tesis de grado que se produjeron durante ese periodo propusieron soluciones creativas y contextualmente pertinentes para el entorno cubano: alternativas de almacenamiento con materiales locales, propuestas de políticas de acceso para archivos fotográficos de pequeñas instituciones, metodologías de diagnóstico adaptadas a colecciones con escasa documentación previa. Esos trabajos representan, para mí, uno de los logros más significativos de aquella experiencia docente.

Lo que Cuba tiene a su favor

Hablar solo de carencias sería una lectura incompleta. Cuba cuenta con algo que no es menor: una política cultural con lineamientos claros en materia de conservación del patrimonio. Existe una voluntad institucional y gubernamental de preservar la memoria, y eso se traduce en marcos normativos, en instituciones dedicadas, y en una conciencia extendida sobre el valor del patrimonio entre quienes trabajan en el campo.

Un ejemplo claro de esa voluntad es la Dirección de Gestión Documental y Archivos del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), que dirige y coordina el Sistema Nacional de Gestión Documental y Archivos, establece normas para la protección de la memoria histórica de la nación, impulsa la transformación digital de los archivos y desarrolla investigaciones vinculadas a la práctica archivística. Para quienes nos formamos en ese entorno, esa estructura institucional no era un telón de fondo: era parte activa de la formación.

Para un docente, eso es un terreno fértil. Los estudiantes llegan con una comprensión básica de por qué importa conservar, respaldada por una trama institucional que le da sentido a la profesión. La formación de conservadores en contextos de escasez, cuando está bien orientada, produce profesionales con una capacidad de resolución y una flexibilidad que no siempre se desarrollan en entornos mejor dotados. La limitación, cuando se trabaja con honestidad y rigor, puede ser también una escuela.

Taller de conservación preventiva para personal de archivo de instituciones culturales cubanas, Museo Servando Cabrera, La Habana. Foto: Tamara Gispert Galindo.

Desde la distancia, el vínculo continúa

Hoy vivo en Argentina, en proceso de construir una nueva etapa. Pero el vínculo con Cuba y con los colegas y estudiantes que formaron parte de ese camino no se ha interrumpido. Las consultas en línea siguen siendo una forma de acompañar, de estar presente de otra manera. La conservación del patrimonio fotográfico no tiene fronteras geográficas, y la comunidad de práctica que se construye alrededor de él —como la que sostiene este espacio— es precisamente lo que permite que el conocimiento siga circulando, más allá de donde cada uno esté parado.

Enseñar fotografía en Cuba me dejó la convicción de que la conservación es siempre una práctica situada, que no se puede aprender de espaldas al contexto, y que las redes —de instituciones, de especialistas, de saberes compartidos como es éste— son tan importantes como cualquier manual o protocolo. Eso es lo que intenté transmitir. Y es lo que, desde donde estoy ahora, sigo intentando sostener.

Tamara Gispert Galindo es licenciada en Comunicación Social (Universidad de La Habana) y máster en Ciencias de la Conservación del Patrimonio (Universidad de las Artes de Cuba). Cuenta con formación internacional en conservación y gestión del patrimonio. Posee más de 20 años de experiencia, incluyendo una década como docente. Ha trabajado en CENCREM, el Archivo Fotográfico Histórico en Prensa Latina y la Dirección Nacional de Gestión y Archivos del CITMA. Ha participado en proyectos de digitalización, investigación en materiales sostenibles y gestión patrimonial. Se especializa en archivos, conservación documental, e investigación aplicada al patrimonio y la fotografía.