El diagnóstico en la conservación de archivos fotográficos: de la materialidad a la dimensión digital
VANESSA CASTILLO
El diagnóstico constituye una herramienta fundamental en la práctica de la conservación y representa, por lo general, el primer paso metodológico para abordar cualquier intervención o decisión relativa a la preservación del patrimonio. Su correcta ejecución no solo permite identificar el estado material de un objeto, sino también evaluar su estabilidad física, las condiciones de su entorno, su potencial de preservación a largo plazo y su funcionalidad y significado dentro del contexto institucional y social en el que se inscribe. Sin un diagnóstico riguroso e integral, cualquier acción de conservación corre el riesgo de ser ineficaz o incluso contraproducente.
En el campo específico de la conservación de fotografías, este proceso enfrenta un desafío particular: la escasez de metodologías diseñadas expresamente para evaluar colecciones fotográficas completas. La mayor parte de la literatura especializada se ha concentrado en diagnósticos técnicos a nivel de objeto individual —identificación de procesos fotográficos, análisis de deterioros y definición de tratamientos—, mientras que son escasos los estudios que abordan el diagnóstico como una herramienta capaz de dar respuesta a la gran escala, complejidad y diversidad material y funcional de los acervos fotográficos.
A esta dificultad metodológica se suma un cambio de orden conceptual señalado por Rosina Herrera (2022), quien advierte que la conservación de la fotografía atraviesa una transformación profunda derivada del tránsito de la fotografía como objeto material hacia la fotografía digital como entidad predominantemente inmaterial. Durante más de siglo y medio, el concepto de fotografía estuvo estrechamente vinculado a procesos fisicoquímicos y a la existencia de un soporte tangible; sin embargo, a partir de finales del siglo XX y de manera dominante en el siglo XXI, la producción fotográfica ha migrado hacia tecnologías digitales. Este desplazamiento altera el estatuto tradicional del objeto fotográfico y plantea nuevos desafíos para su diagnóstico y conservación, al tensionar categorías históricamente asociadas a la materialidad, el soporte y la estabilidad física.
Archivo Fotográfico Miguel Arámbula, 2026. Foto: Vanessa Castillo.
A la luz de estos datos, el presente escrito propone una revisión transversal de metodologías diagnósticas procedentes tanto del ámbito de la conservación de fotografías como de la preservación de bibliotecas y archivos documentales, con el objetivo de identificar principios y estrategias transferibles al diagnóstico de colecciones fotográficas. En esta investigación se revisan, en particular, enfoques relacionados con el análisis de las condiciones institucionales y de uso, los modelos sistémicos de conservación preventiva, las metodologías estadísticas de muestreo, la valoración patrimonial y la preservación digital, entendidos como componentes clave para abordar la complejidad contemporánea de estos acervos.
Si bien muchas de las metodologías revisadas no fueron concebidas específicamente para responder a la diversidad técnica de los procesos fotográficos, ofrecen marcos conceptuales y operativos robustos para enfrentar problemas estructurales comunes —como la planificación, la priorización y la toma de decisiones en entornos donde se resguardan grandes volúmenes de objetos— que pueden adaptarse de manera crítica al diagnóstico de archivos fotográficos. Bajo esta óptica, se sostiene que el diagnóstico debe dejar de concebirse como un ejercicio meramente descriptivo para convertirse en una herramienta estratégica capaz de integrar dimensiones materiales, funcionales, institucionales, patrimoniales y digitales, orientada a apoyar decisiones informadas y sostenibles.
De lo material a lo contextual
Como explica Ilse Cimadevilla (2011), el concepto de diagnóstico en conservación deriva tanto de su sentido etimológico —diagignôskein, conocer distinguiendo y en profundidad— como de su adopción metodológica por analogía con la medicina. Esta filiación permitió estructurar un proceso orientado a la toma de decisiones que comprende la observación sistemática del objeto, la identificación de síntomas, el análisis de causas y la formulación de hipótesis sobre su deterioro. Históricamente, el diagnóstico se configuró, así como una etapa intermedia entre el conocimiento material del bien cultural y la definición de posibles acciones de conservación.
No obstante, como advierte la propia Cimadevilla, la analogía clínica no agota la complejidad del diagnóstico. Este no se limita a la constatación empírica del daño, sino que constituye una construcción cognoscitiva e interpretativa en la que convergen información material, histórica y contextual. El diagnóstico no es una lectura neutral del estado físico del objeto, sino un proceso de interpretación que traduce datos técnicos en criterios operativos para la toma de decisiones.
Desde una perspectiva metodológica afín, Terry y Chandra Reedy (1988) subrayan que el diagnóstico en conservación se inscribe dentro de un marco más amplio de investigación científica aplicada, en el que la comprensión de la composición de los materiales y de los mecanismos de deterioro constituye la base para proponer tratamientos de manera razonada y verificable. En este esquema, el diagnóstico cumple una función articuladora: vincula el conocimiento científico con la acción práctica, evitando decisiones basadas exclusivamente en la experiencia empírica o en la repetición acrítica de intervenciones previas.
Este enfoque contribuyó a consolidar una visión del diagnóstico centrada en la materialidad del objeto y en la identificación causal de sus procesos de deterioro. Sin embargo, también hizo evidente una limitación fundamental: el objeto cultural no existe de manera aislada. Su estado de conservación está condicionado por factores históricos, institucionales y de uso que exceden el análisis estrictamente material. En el caso de los archivos fotográficos, esta constatación resulta especialmente relevante, ya que las imágenes no solo son soportes físicos, sino documentos insertos en sistemas de producción, organización, acceso y significado.
Así, la evolución del diagnóstico dentro de la conservación puede entenderse como un desplazamiento progresivo desde una lectura predominantemente material hacia una comprensión integral, en la que el estado físico del bien se interpreta en relación con su entorno institucional, sus condiciones de uso y los valores que se le atribuyen. Esta transición sienta las bases para los enfoques sistémicos y preventivos que se revisan en las siguientes líneas.
De lo individual a lo sistémico: los diagnósticos de conservación preventiva
El giro metodológico más influyente en la conservación contemporánea se produjo en la década de 1990, cuando Stefan Michalski (1994), desde el Canadian Conservation Institute (CCI), propuso reorientar el diagnóstico desde una lectura predominantemente centrada en el objeto hacia el análisis del sistema que lo contiene. Si bien el diagnóstico ya integraba observación, análisis causal y conocimiento científico, su aplicación se había enfocado principalmente en comprender la materialidad del bien y en sustentar decisiones de intervención directa. Michalski amplió este marco al plantear que la conservación exige comprender no solo la condición física de un objeto, sino el conjunto de factores ambientales, operativos e institucionales que inciden de manera continua sobre su estabilidad a corto y largo plazo.
Su marco conceptual, articulado en torno a los agentes de deterioro, constituye una síntesis operativa de los principales riesgos que afectan a las colecciones, entre ellos la humedad relativa, la temperatura, la radiación lumínica, los contaminantes, las fuerzas físicas, el deterioro químico inherente, los agentes biológicos, la disociación y la pérdida catastrófica. Cada agente funciona como una categoría analítica que permite identificar patrones de vulnerabilidad, evaluar la magnitud de los riesgos y planificar intervenciones preventivas. Con ello, el diagnóstico deja de ser un procedimiento centrado en la pieza para transformarse en un ejercicio estructural que considera las relaciones entre colecciones, edificios, prácticas de manejo, recursos institucionales y marcos de gestión. Esta visión sistémica consolidó la conservación preventiva como un campo estructurado y fue adoptada ampliamente por organismos internacionales.
Cuando este marco se traslada al ámbito de los acervos fotográficos, la noción de “sistema” adquiere una complejidad adicional. A diferencia de muchos objetos museísticos concebidos prioritariamente para su resguardo o exhibición, los archivos fotográficos existen en función de su consulta, reproducción y reutilización continuas. Su estabilidad depende no solo de condiciones ambientales adecuadas, sino de dinámicas de acceso, circulación y uso que forman parte constitutiva del sistema de conservación.
El diagnóstico debe considerar de manera explícita las prácticas de consulta y los dispositivos que median el acceso a los documentos. La descripción archivística y la puesta en disponibilidad del acervo —mediante inventarios, catálogos y sistemas de acceso— dejan de entenderse como tareas exclusivamente administrativas para asumirse como acciones conservativas fundamentales, ya que permiten regular el uso, facilitar la consulta y difusión, reducir la manipulación directa de los originales, lo que favorece de forma decisiva a la preservación a largo plazo de los acervos fotográficos. En los archivos fotográficos, conservar implica de manera inseparable hacer visible, localizable y utilizable el acervo dentro de parámetros de control.
Este énfasis en el sistema y en la función de uso refuerza la necesidad de diagnósticos que integren dimensiones técnicas y organizativas. Bajo esta línea, Bertrand Lavédrine (2003) desarrolló un enfoque integral que combina el análisis técnico de los procesos fotográficos con la evaluación de los sistemas institucionales que los resguardan. Su propuesta concibe la colección fotográfica como una unidad funcional cuya estabilidad depende tanto de sus materiales constitutivos como de las condiciones ambientales, las rutinas de manejo, las políticas de documentación y las prácticas de almacenamiento.
De manera complementaria, Beth Patkus (2003) elaboró una guía de autoevaluación dirigida a bibliotecas y archivos que enfatiza el carácter holístico y participativo del diagnóstico. Su metodología integra la evaluación del estado físico con el análisis de políticas internas, recursos, rutinas de trabajo, infraestructura y valores institucionales, permitiendo identificar condiciones estructurales que favorecen o comprometen la preservación.
La ampliación del diagnóstico hacia dimensiones organizativas y de gestión adquiere una relevancia particular cuando se considera la escala nacional o regional del patrimonio fotográfico. En el ámbito iberoamericano, Joan Boadas et al (2023) señalan que los problemas de preservación y acceso rara vez se resuelven desde esquemas aislados, y proponen estrategias de cooperación interinstitucional orientadas a articular políticas comunes y construir infraestructuras compartidas de información. Así entonces, el diagnóstico deja de ser una herramienta exclusivamente interna para convertirse en un instrumento de coordinación y planificación a mayor escala.
El árbol o el bosque: el diagnóstico estadístico como estrategia de escalabilidad
Una vez establecido que el diagnóstico de los acervos fotográficos debe entenderse como el análisis de un sistema, surge un problema metodológico central: ¿cómo producir información confiable cuando la magnitud de las colecciones impide un conocimiento exhaustivo de cada objeto? Esta limitación dio lugar al desarrollo de metodologías diagnósticas basadas en selección, muestreo y análisis estadístico, orientadas a transformar grandes volúmenes de información en conocimiento operativo.
Las reflexiones tempranas de James M. Reilly (1991) adquieren aquí un carácter fundacional. Reilly sostiene que la evaluación de grandes colecciones fotográficas debe aceptar la imposibilidad del conocimiento individualizado y operar conscientemente a partir de muestras y criterios de selección. Este desplazamiento no implica una pérdida de rigor, sino una adaptación metodológica a la realidad institucional de los archivos fotográficos. Diagnosticar una colección significa identificar tendencias, niveles generales de estabilidad y riesgos recurrentes, más que registrar exhaustivamente el estado de cada objeto.
Sobre esta base, Fletcher Durant (2019) distingue distintos niveles de diagnóstico institucional, desde evaluaciones globales de necesidades de preservación hasta informes a nivel de objeto, permitiendo articular diagnósticos de distinta profundidad sin perder coherencia metodológica. Entre los modelos más influyentes se encuentra el Preservation Assessment Survey (PAS), desarrollado en el Reino Unido, que utiliza muestreos representativos para generar perfiles de prioridad que orientan la planificación institucional.
En Latinoamérica, el Manual de diagnóstico de conservación en archivos fotográficos del Archivo General de la Nación de México constituye una referencia clave al integrar variables técnicas, administrativas y ambientales para traducir la complejidad del acervo en información útil para la toma de decisiones. De manera similar, la metodología desarrollada por la Harvard Library demuestra que el diagnóstico estadístico puede articular conservación, catalogación y digitalización mediante herramientas de análisis relacional.
En conjunto, estas metodologías muestran que el diagnóstico estadístico constituye una respuesta coherente a los desafíos de escala propios de los archivos fotográficos y permite “ver el bosque” sin perder de vista los árboles.
Valoración y priorización: integrar lo tangible y lo simbólico en el diagnóstico
La adopción de enfoques sistémicos y metodologías escalables condujo de manera natural a una cuestión central: ¿cómo priorizar acciones cuando los recursos son limitados? En este sentido, se ha consolidado una integración creciente entre diagnóstico técnico y valoración patrimonial, basada en el reconocimiento de que conservar implica necesariamente decidir.
El modelo de gestión de riesgos desarrollado por Robert Waller, Stefan Michalski y José Luis Pedersoli (2016) articula el diagnóstico con la noción de pérdida de valor patrimonial, entendiendo el riesgo como impacto sobre la significancia de la colección. Esta aproximación dota al diagnóstico de una dimensión prospectiva que facilita la priorización y la justificación de decisiones. Al mismo tiempo, autores como Dora Méndez (2013), Arlette Farge (2013) y Caroline Reed (2018) subrayan que la valoración no puede reducirse a criterios puramente técnicos, sino que debe incorporar dimensiones simbólicas, sociales y culturales.
Este planteamiento abre un eje de reflexión que rebasa los objetivos inmediatos de este trabajo y remite a la dimensión ética y social de las decisiones de conservación. En el ámbito de la fotografía, la ética de la conservación-restauración se vincula de manera directa con la preservación de la autenticidad, la integridad material y el valor documental de imágenes que, en muchos casos, constituyen testimonios únicos e irreemplazables. El creciente interés de los especialistas en fotografía por los marcos éticos de la conservación-restauración refleja una toma de conciencia sobre el impacto cultural y social de las decisiones diagnósticas y de tratamiento, y subraya la necesidad de integrar estos principios en la reflexión metodológica contemporánea.
La dimensión digital de los acervos: diagnóstico en colecciones híbridas
Retomando el cambio conceptual planteado en la introducción, la incorporación creciente de objetos digitales —nacidos digitales o digitalizados— ha transformado de manera sustantiva las prácticas diagnósticas. En colecciones híbridas conviven fotografías analógicas, archivos digitales y sistemas tecnológicos diversos, lo que demanda metodologías capaces de evaluar riesgos físicos, tecnológicos y organizativos.
Volviendo al planteamiento de Rosina Herrera (2022), mientras que en la fotografía analógica los riesgos se concentran en la degradación fisicoquímica de los materiales, en la fotografía digital el deterioro se desplaza hacia la fragilidad de los sistemas tecnológicos que la sostienen. La conservación de imágenes digitales depende de la vigencia de dispositivos, formatos, sistemas operativos y plataformas de almacenamiento, introduciendo una dependencia tecnológica inédita en la historia de la fotografía. En este escenario, el diagnóstico incorpora el análisis de infraestructuras, flujos de información y sistemas de gestión digital.
Janice Tullock et al (2021) proponen una mirada transversal para el diagnóstico de colecciones híbridas, integrando evaluación de soportes físicos, integridad de archivos, compatibilidad de formatos y prácticas de gestión de datos. En esta misma línea, Durant (2019) enfatiza el uso de Data Management Plans (DMP) como instrumentos clave para planificar el ciclo de vida de los datos y asegurar la sostenibilidad de la preservación digital.
En conjunto, la dimensión digital no sustituye las metodologías tradicionales, sino que las amplía y complejiza. Para los archivos fotográficos contemporáneos, el diagnóstico debe articular de manera inseparable lo material y lo digital, reconociendo que ambos ámbitos participan en la construcción de valor, uso y permanencia del patrimonio visual.
Conclusiones
El diagnóstico en conservación ha evolucionado desde un enfoque centrado en la materialidad hacia modelos complejos que integran sistemas institucionales, metodologías de muestreo, valoración patrimonial, evaluación de riesgos y preservación digital. Esta evolución resulta crucial para los archivos fotográficos, donde convergen diversidad técnica, multiplicidad de valores y problemáticas específicas de gestión.
Los métodos provenientes de bibliotecas y archivos documentales ofrecen marcos sólidos para la planificación estratégica, la priorización y la evaluación institucional, mientras que las metodologías fotográficas aportan profundidad técnica y sensibilidad hacia los valores documentales y simbólicos. Integrar ambos enfoques permite construir diagnósticos más completos, éticos y situados, esenciales para la sostenibilidad y la pertinencia social de las colecciones fotográficas.
Vanessa Castillo Macías es licenciada en Sistemas de Computación Administrativa por el ITESM y en Restauración de Bienes Muebles por la ENCRyM, con optativo en Material Fotográfico. Realizó una estancia en la Fundación de los Hermanos Rockefeller en Nueva York. Fue coordinadora de proyectos en el Archivo General de la Nación y subdirectora de servicios a museos en el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble. Fue docente en la licenciatura en Historia del Arte en Casa Lamm. Actualmente es socia de Studiolo Art, empresa dedicada a la gestión, conservación y traslado de obras de arte, donde ha ejecutado proyectos en museos como el Anahuacalli, la Casa Azul y el Museo Universitario de Arte Contemporáneo.